La hoguera y las vanidades

Pilar García Cuetos

Abril de 2019

El incendio de Notre-Dame, se ha convertido en un suceso mediático que ha desatado un movimiento popular y emocional que deberá ser calibrado en su justa medida cuando, pasados unos días, como las piedras calcinadas de la catedral de París, se haya enfriado la noticia y se vayan apagando los rescoldos de las emociones desatadas por las imágenes que hemos podido seguir en directo. Las llamas han consumido la cubierta y la magnífica flecha que habían fijado en nuestra memoria la imagen de uno de los monumentos que han moldeado la identidad francesa y europea. Pero el llanto, la conmoción y el duelo por el patrimonio perdido, han ahogado las quejas de quienes, con anterioridad al desastre, habían llamado la atención sobre el delicado estado de de este y otros muchos monumentos franceses. Jean-Michel Leniaud, presidente del consejo científico del Institut National du Patrimoine (INP) y uno de los especialistas que mejor conocen a Viollet-le-Duc, ha criticado severamente la falta de atención sistemática, de conservación preventiva y de medidas de seguridad en todos ellos. Las noticias sobre la rápida y pronta reconstrucción, las decisiones tomadas en pocas horas y escasos días, también han desviado la atención de otro debate. La lista de monumentos calcinados, los errores cometidos en los procesos de restauración, la falta de control y cuidados sistemáticos que lleva a tener que optar por restauraciones complejas y costosas, cuyo margen de riesgo se hace mayor y cuya probabilidad estadística de que ocurra un accidente grave, se dispara. Todo ello, ha quedado en segundo plano.

La aplicación tecnológica a la restauración mueve millones de euros y no puede dejar pasar la oportunidad de hacerse presente y ofrecer soluciones que probablemente poco puedan aportar para mejorar lo que existía. Como bien sabemos, la madera es el material idóneo, por su adecuación a las estructuras de cantería, por su flexibilidad, mejor capacidad de aireación, resistencia a los cambios de temperatura y por no experimentar deformaciones de tal calibre que puedan afectar a los monumentos. No se ha recordado lo suficiente que el bosque, la maravillosa estructura cubría la catedral de París, había soportado siglos de vida. Hasta que se iniciaron las obras de restauración, la medida de seguridad que había alejado el peligro del incendio había sido que no contase con instalación eléctrica. Como es lógico, las operaciones de restauración precisan de tal energía, pero quizás hubiera sido necesario extremar las precauciones en un entorno tan delicado. Revisar las protocolos va a ser, en adelante, muy necesario, pero no lo será menos reflexionar sobre la manera en que conservamos, o no, nuestros monumentos.

También asistimos a la imposición de un nuevo debate que nos desvía del análisis de cómo hubiéramos podido evitar este y otros muchos desastres en nuestros monumentos. Una decisión presentada sin alternativa se ha impuesto en pocos días: un concurso internacional de arquitectura para hacer una nueva flecha que sustituya a la destruida por las llamas. Los argumentos que sustentan esta decisión son, a priori, impecables. La teoría restauradora europea, que acabó por imponerse a otras culturas muy lejanas a ella, prescribe no falsificar los monumentos. Esto significa que toda intervención restauradora debe ser reconocible. Con ello se quiere evitar que pase por original lo que no lo es. Esta primacía de lo material sobre los valores no tangibles de los monumentos, que pesan más en las culturas orientales, como la japonesa, tiene sentido en una Europa profundamente marcada por ideas religiosas y mercantilistas. El concepto de que lo original es intocable nace junto con la visión de los bienes culturales como verdaderas reliquias de carácter cuasi religioso. De otro lado, la valoración puramente económica de las obras de arte impone su autenticidad como moneda de cambio. Nadie quiere tener una obra falsa, aunque en los museos del mundo abunden las piezas de dudosa autoría. Apoyada en estas ideas, que han dado forma a la visión europea del patrimonio cultural, la decisión es coherente con nuestra legislación. Pero resulta curioso que, por ejemplo en el caso del Puente de Mostar, se optara por rehacerlo como estaba y donde estaba. El argumento manejado, apoyado en la misma base teórica, fue que lo que se reconstruía junto con el puente eran sus valores materiales e identitarios. Lo mismo sucedió con el teatro de la Fenice de Venecia, con el relicario de Turín, con el centro histórico de Varsovia o con la Frauenkirche de Dresde, por poner solamente algunos ejemplos.

¿Por qué, entonces, está rápida decisión tomada en el caso de Notre-Dame?. De una parte se argumenta que la flecha era una obra decimonónica proyectada por Viollet-le-Duc. Es cierto, pero parece olvidarse que Viollet se basó en su profundo conocimiento del arte gótico y elaboró un elemento que se integraba con el lenguaje general de la catedral de París. En realidad, la flecha parisina estaba inspirada en la de la catedral de Orleans. Viollet y Lassus dotaron a Notre-Dame de ese y otros elementos que acabaron por identificarse con su imagen, como las estatuas de la galería de los reyes (cuyos originales mutilados se conservan en el Museo Cluny) o las famosas quimeras que adornan sus torres.

Hay evidentes similitudes entre lo sucedido en esa restauración del siglo XIX y lo que hoy se propone. El estado de Notre-Dame había sido criticado por un grupo de intelectuales, capitaneados por Víctor Hugo. Se escribió una carta, firmada por personajes como el mismo Hugo o el pintor Ingres, en la que se reclamaba la restauración de la catedral. También se convocó un concurso público para decidir qué arquitectos ser  harían cargo de una empresa tan delicada. Los ganadores, Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc y Jean-Baptiste-Antoine Lassus, elaboraron una memoria soberbia sobre el monumento y su estado. Conocían Notre-Dame en profundidad y tomaron decisiones que es absurdo juzgar desde nuestros actuales puntos de vista sobre la restauración. Cierto es que Viollet era un personaje poderoso y seguro de sí mismo. Mucho se ha criticado que colocase su efigie en una de las estatuas dispuestas en la base de la flecha. Pero debemos recordar que admiraba y emulaba a los maestros constructores medievales. Y unos de sus predecesores, los que habían proyectado en la catedral de Estrasburgo la que debía ser la flecha más alta de la cristiandad, también se habían retratado a sus pies. Viollet los imitó y se trata, sin duda, de una cita histórica que no ha sido valorada desde ese punto de vista.

Así pues, el proceso paralelo que se abre no carece de interés, pero también ofrece dudas razonables. Cabe pensar si los políticos de todo signo, los mecenas y los futuros autores o autoras del proyecto, podrán sustraerse a un contexto tan peculiar. Su nombre va a quedar indisolublemente unido al monumento más visitado del mundo, a un verdadero icono, a un elemento identitario de primer orden. La tentación de dejar la propia marca, de pasar a la historia, son inevitables, como lo fueron para el tan criticado Viollet. Notre-Dame es un ejemplo mayor de la arquitectura y el arte medievales. ¿Seguirá valorándose así tras la futura intervención?; ¿primará el nuevo elemento contemporáneo como hito referencial de la catedral?, ¿se respetarán esos valores históricos por encima de una imagen recreada en el siglo XXI?; ¿Repetiremos el exceso de orgullo que achacamos a Viollet?. Por  otro lado, Francia ha sido relacionada sistemáticamente con la teoría restauradora de Viollet-le-Duc, tan opuesta a la emanada de Italia y a la que se ha aceptado universalmente. Esta es la oportunidad de aggionare, de mostrar que se da carpetazo a ese pasado que, se quiera o no, ha dado forma al grueso de los monumentos franceses. Ya la eliminación de las cubiertas restauradas por Viollet en Saint-Sernin de Toulouse, la llamada de-violletisation, había abierto el camino de esa damnatio memoriae del teórico mayor de la restauración francesa, que parece precisar matar al padre para abrir un nuevo capítulo de su historia.

Las llamas han calcinado fundamentalmente el elemento más representativo de la restauración de Viollet y Lassus. Pero la efigie del primero parece haber sobrevivido al desastre para recordarnos que una parte de la historia de Notre-Dame no puede, ni debe, ser borrada o vista desde la perspectiva simple del prejuicio falto de dimensión histórica. Las restauraciones son estratificaciones históricas de los monumentos y como tal deben ser valoradas y tuteladas.