CONTRIBUCIONES

Picasso y sus fetiches íberos

Javier Gómez Martínez

Junio de 2021

Al Centro (de la Fundación) Botín acudimos con la garantía de ir al fondo de facetas menos conocidas aun de los artistas más populares. Es su sello: la investigación en los procesos creativos de grandes figuras de un pasado reciente, igual que operan sus talleres con creadores del momento. Picasso ibero (hasta el 12 de septiembre) incluye, en paridad, piezas arqueológicas de la cultura ibera, algunas de las cuales estuvieron en la colección del artista, para explicar la temprana influencia de un primitivismo patrio en Picasso.

Por eso no veremos los famosos ojos almendrados del Retrato de Gertrude Stein (1906) sino lo que estuvo inmediatamente detrás de ellos: los ejercicios del pintor con su propio rostro, numerosos dibujos y su Autorretrato, del mismo año. Quizás este cuadro sea una de las obras más conocidas que hallemos, junto a la muy simbólica Dama oferente (1933) del MNCARS. No es el artista superstar de aquel baile titánico y multinacional visto en Matisse Picasso (2002-2003); este es más danzante, ritual, más erudito, exquisito incluso.

Y es producto de una sola institución, en colaboración, eso sí, con el Musée national Picasso-Paris, amén, puntualmente, de otras colecciones públicas y privadas. A la par, las piezas antiguas proceden del Museo Arqueológico Nacional, del Musée du Louvre y de muchos pequeños museos locales. Añádanse unos recursos intangibles que la Fundación Botín ha ido acumulando a lo largo de años de trabajo en el campo de las artes plásticas y una Comisión Asesora, notablemente activa, que se suma al equipo de plantilla.

Cada una de las dos mitades, artística y arqueológica, cuenta con un comisario y unos especialistas propios y, aunque la primera marca el paso, se entretejen como la urdimbre y la trama. Se comprueba en los capítulos temáticos del catálogo, pero no esperemos compartimentos equivalentes en sala. Allí nos aguarda una escenografía fluida y graduada en tres tonalidades: de la más oscura a la más clara, la parte arqueológica va cediendo visibilidad a la artística.

En general, el público podrá moverse libremente entre grandes paneles exentos en los que cuelgan o se encastran según qué tipo de obras; los perimetrales llegan a formar un deambulatorio discontinuo en cuyas traseras van ampliaciones de fotografías contextuales (Gabinete Ibero del Louvre, estudios del artista y yacimientos). En detalle, las piezas arqueológicas de mayor volumen, reunidas en el primer tramo, están aisladas por una plataforma corrida, incluso las vasijas pintadas protegidas bajo campana, que impide verlas en derredor. Puede ser un espacio misterioso y tabuado, pero habrá quien opine que la forma puede a la función. También, quien entienda que la museografía condiciona el punto de vista preferente de unas obras que, no en vano, han sido elegidas en función de unas muy precisas correspondencias. Por eso, la teca de la Dama de Elche (una réplica con pedigrí propio) tampoco es visible.

Estamos en la planta superior de un centro de arte, abierta al cielo, la más a propósito para funcionar en modo libre al máximo. Para salas compartimentadas en modo museo, potencialmente necesarias, las de la planta inferior; esa comparación también vale la pena. Además, cambiando de nivel, no nos perderemos ninguno de los corners educativos donde experimentar con los procesos creativos de Picasso, que esta dimensión pedagógica es otra de las marcas de la casa.

Las imágenes proceden de la web del Centro Botín, donde también hallaremos recursos educativos.